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Infocracia: cuando googlear sustituyó al pensar

Updated: May 31

Existe una frase que se repite sin medir su peso: “quien controla la información, controla el mundo.” Suena a frase de película de James Bond, pero con el detalle que parece es la realidad y pocas veces ha sido tan literal como hoy en día.


El filósofo surcoreano Byung-Chul Han le puso nombre a ese fenómeno en 2021. Lo llamó “infocracia”, y lo describió como la nueva forma de dominio del capitalismo de la información. Esta palabra une dos ideas: “información” y “cracia” (poder). Para muchos el diagnóstico, a hoy, es bastante incómodo: el poder ya no necesita vigilarnos ni castigarnos para gobernarnos, solo le basta con los datos y con factos de cada uno de nosotros.


El poder ya no reprime, seduce


Han confecciona su análisis partiendo de una comparación. Se dice que el viejo régimen disciplinario que estudió Foucault funcionaba con coacción: cuerpos sometidos, fábricas, castigo, pero el régimen de la información trabaja al revés, porque no reprime la libertad, la explota, la magnífica y empodera a la gente por igual. Nos sentimos libres, creativos, dueños de nuestra voz, mientras cada clic alimenta perfiles que terminan decidiendo qué vemos, qué oímos, a quién amamos, a quién odiamos, qué deseamos y, a veces, por quién votamos.


Por otro lado, la consecuencia es elegante y peligrosa a la vez. Muchas personas creen que compartiendo en redes sociales, sus fotos de desayunos, viajes, comentarios, likes, dislikes, estamos siendo libres, pero solo entrenamos algoritmos que terminan manipulándonos. Lo curioso es que nadie nos obliga a nada porque nosotros mismos nos colocamos los grilletes, nos echamos la soga al cuello cada vez que producimos y compartimos información sin descanso y aveces, sin necesidad.


Quien controla la información controla el mundo


Esta no es una metáfora. El caso de Cambridge Analytica lo demostró: a partir de perfiles psicométricos de millones de votantes, se diseñó publicidad personalizada para influir en la elección estadounidense de 2016 en un nivel casi subconsciente. La empresa presumía de tener un psicograma de prácticamente todo ciudadano adulto del país.


Ahí está el grandísimo detalle del problema, porque quien controla los flujos de información y las plataformas posee un poder inmenso, y los datos nunca son manejados de forma totalmente neutral u objetivo. Además, la política deja de jugarse en el debate público y pasa a jugarse en la minería de datos, donde se busca esquivar la decisión consciente del ciudadano y jugar con sus preferencias para empujar hacia un lado u otro. Han lo dice sin anestesia: la infocracia, basada en datos, socava un proceso democrático que presupone autonomía y libre albedrío. Por lo que termina siendo un arma que manejan unos pocos.


Tener información dejó de ser saber


Aquí entra la segunda gran trampa, y quizá la más cotidiana.


Durante siglos, acceder al conocimiento costaba, no era fácil ni barata. Esta búsqueda de la información exigía bibliotecas, una caminata, maestros, entrevistas, lectura paciente, preguntas, oráculos, comparativas, tiempo. Sin embargo, hoy la información está a un toque de distancia, en la palma de su mano: googlea y ya la tiene! Parece un avance enorme, y en muchos sentidos lo es. Pero confundimos dos cosas que no son lo mismo.


El tener el acceso a la información no equivale a comprenderla o curarla. Recuperar un dato en tres segundos nos da la sensación de saber, cuando apenas hemos rozado la superficie. Estamos, como escribe Han, atrapados en la información: una corriente que circula a velocidad extrema, muchas veces falsa, y donde lo importante ya no es si algo es verdadero, sino si se vuelve viral o no. Por eso tenemos gente que cree que la tierra es plana y que vivimos en una pecera. El internet y su autopista de datos es el terreno fértil de la posverdad, todos creen tenerla si aparece en Google. Es curioso, porque no es el mismo tratamiento que un astrónomo le da a un artículo, uno que hable sobre el efecto del cortisol en las glándulas suprarrenales de un adulto mayor diabético, al que un médico endocrinólogo le puede dar. Y para ambos la información está a clic de distancia.


Y todo esto resulta paradójico. Nunca tuvimos tanto acceso a datos y nunca fue tan fácil saber tan poco y en tiempo mínimo. Parece que la cantidad de información disponible no es proporcional ni equivalente a saber más, y a mayor información, mayor responsabilidad.


El problema de fondo: casi nadie analiza


Y llegamos a lo más grave. En medio de esa abundancia, el pensamiento crítico se volvió un bien escaso, casi inexistente.


Consumimos sin digerir. Compartimos titulares que no leímos ni analizamos ni criticamos. Reaccionamos antes de entender. Es más, la velocidad del “feed” es enemiga directa de la reflexión, porque analizar exige justo lo que la infocracia nos quita: tiempo, atención sostenida y disposición a escuchar lo que nos contradice. Han recupera a Hannah Arendt y a Habermas para recordarnos que la democracia necesita diálogo, y que el diálogo necesita pausa, negociación y alteridad. La infocracia disuelve esas condiciones y las impone. En su lugar nos entrega indignación, ruido y linchamientos digitales que se confunden con debate.


Frente a cualquier dato, muy pocos se detienen a hacer las preguntas que importan: ¿quién produjo esto?, ¿con qué fuente?, ¿qué se omitió?, ¿a quién beneficia que yo lo crea o no le crea?


La salida no es más información


Si el problema fuera la escasez de datos, la solución sería sencilla. Pero estamos del otro lado: nos ahogamos en información, ya sea útil, inútil o ridícula, y nos morimos de hambre de criterio.


Por eso la respuesta no está en buscar más, sino en pensar y analizar mejor. En recuperar la lectura lenta, el contraste y análisis de fuentes, la duda honesta. En formar —desde la escuela y la universidad— lectores capaces de distinguir un hecho de una opinión disfrazada, que aveces son hechas con fines de adoctrinamiento y manipulación, el diferenciar de una fuente seria de un titular diseñado para enfurecer y ejecutar en el paredón. Por tal razón, la alfabetización mediática y el pensamiento crítico dejaron de ser asignaturas optativas: son la verdadera defensa de una ciudadanía libre.


Finalmente y en la era de la infocracia, la pregunta ya no es cuánta información se tiene al alcance de la mano. La pregunta es si todavía somos capaces de pensar por nuestra cuenta lo que esa información significa.



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