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La educación superior en el mundo, y el porqué Costa Rica no puede dormirse en los laureles



La UNESCO acaba de publicar su primer Informe mundial sobre tendencias de la educación superior, un documento que integra datos de 146 países a través del Observatorio de Políticas de Educación Superior (HEPO). No es un reporte cualquiera: es la primera vez que la organización intenta capturar, con esta escala y este nivel de detalle, hacia dónde va la educación terciaria a nivel planetario. Y lo que encuentra es, a la vez, alentador y preocupante.


Empecemos por la buena noticia. La matrícula global de educación superior casi se duplicó en dos décadas: de 100 millones de estudiantes en el año 2000 a casi 269 millones en 2024. Ese crecimiento no es menor, refleja que cada vez más países entienden el acceso a la universidad como una prioridad de política pública. El problema es que el informe no se queda ahí. Apenas uno se asoma a los datos de graduación, la historia cambia de tono: la tasa bruta de graduación mundial pasó de 22% en 2013 a solo 27% en 2023. En otras palabras, entra mucha más gente al sistema, pero la proporción que efectivamente termina no crece al mismo ritmo.


Ahí es donde el informe se pone interesante para nosotros en Costa Rica. El documento menciona al país en el capítulo sobre financiamiento, y lo hace en buenos términos: junto a Chile y Uruguay, Costa Rica invierte en educación terciaria muy por encima del promedio de América Latina y el Caribe, que ronda el 0,74% del PIB. Es una cifra que uno podría leer con orgullo, sobre todo si se compara con regiones como Asia Central, donde el gasto apenas llega al 0,44%. Pero antes de sacar pecho, vale la pena hacer la pregunta incómoda: ¿esa inversión superior se traduce en mejores resultados?


Aquí el informe es sorprendentemente franco, y esa franqueza es justamente lo que más vale rescatar. En ningún momento sugiere que gastar más garantice, por sí solo, mejor educación superior. De hecho, lo contradice con sus propios datos. América Latina y el Caribe tiene una de las tasas de matrícula más altas del mundo (53% en 2023), pero su tasa de graduación apenas alcanza el 24%. Es una brecha enorme entre cuánta gente entra y cuánta gente sale con un título en la mano. Y esa brecha no se explica solo con plata: el informe la atribuye a barreras de progresión, apoyo académico insuficiente, mentoría débil y sistemas que no acompañan al estudiante después de la matrícula inicial.


Por eso el informe insiste tanto en el financiamiento basado en resultados (FBR), una tendencia que está ganando terreno en distintas regiones del mundo. La lógica es sencilla: en lugar de asignar presupuesto solo por número de estudiantes matriculados, se empieza a vincular una parte del financiamiento a indicadores concretos como tasas de graduación, empleabilidad o calidad de la investigación. No se trata de castigar a las universidades, sino de asegurarse de que el dinero público esté persiguiendo objetivos medibles y no solo cubriendo planillas y matrícula creciente.


Para Costa Rica, esto debería funcionar como una señal de alerta amable. El país tiene con qué presumir en cuanto a voluntad de inversión, y eso hay que reconocerlo. Sin embargo, el informe no analiza en detalle nuestras tasas de deserción, ni nuestros tiempos de graduación, ni la eficiencia real de ese gasto. Esa tarea queda pendiente, y probablemente le corresponde más al Programa Estado de la Nación o a CONARE que a un informe global. Lo que sí deja claro la UNESCO es que invertir sin un plan claro de seguimiento, sin métricas de efectividad y sin mecanismos que conecten el gasto con la culminación de estudios, es una receta para gastar mucho y avanzar poco.


Al final, el mensaje del informe no es que gastar más sea malo. Todo lo contrario: la inversión pública sigue siendo condición necesaria para sostener sistemas de educación superior sólidos. Pero condición necesaria no es lo mismo que condición suficiente. Costa Rica puede seguir invirtiendo por encima del promedio regional, y eso está bien. La pregunta que este informe nos obliga a hacernos, sin embargo, es si ese esfuerzo financiero viene acompañado de un plan igual de riguroso para medir qué está pasando con los estudiantes una vez que entran: cuántos se gradúan, en cuánto tiempo, con qué apoyo y con qué resultados en el mercado laboral. Sin esa segunda pieza, la inversión corre el riesgo de quedarse en una cifra bonita en un reporte internacional, en lugar de convertirse en una ventaja real frente a otros países de la región.


Puede leer el informe completo aquí.




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