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La Neutralidad no es silencio


La primera semana de julio, mientras medio país pensaba en vacaciones, el MEP publicó la circular DM-CIR-0047-2026. El asunto suena burocrático: lineamientos sobre neutralidad político-electoral y prohibición de proselitismo en centros educativos públicos. Pero en las salas de profesores el documento cayó como piedra en estanque. Reavivó una discusión que en Costa Rica nunca se ha cerrado del todo: ¿puede un docente hablar de política en el aula?


La respuesta corta es sí. La respuesta completa exige distinguir dos cosas que solemos confundir: enseñar a pensar sobre la política y hacer política con los estudiantes. La circular prohíbe lo segundo. Y hace bien.


Un debate más viejo que la televisión

Quien crea que esto es una ocurrencia del gobierno de turno no ha leído la letra pequeña. La prohibición de propaganda en las aulas costarricenses tiene más de ochenta años. El Código de Educación de 1944 ya ordenaba a los docentes no inmiscuirse en asuntos que violaran “la neutralidad de la enseñanza”. La Constitución de 1949, en su artículo 95, exige imparcialidad a todas las autoridades públicas en materia electoral. Y la Ley Fundamental de Educación de 1957, en su artículo 39, resolvió la tensión con una elegancia que sigue vigente: nadie puede ser sancionado por sus ideas políticas o religiosas, pero dentro de las instituciones de enseñanza queda prohibida la propaganda sectaria o electoral. Tu conciencia es tuya. El aula es de todos.


El principio tampoco es un invento tico. Max Weber lo planteó en 1917, en su conferencia “La ciencia como vocación”: el profesor que aprovecha la cátedra para imponer su postura política comete un abuso, porque habla ante un público que no puede contestarle en igualdad de condiciones. Décadas después, los pedagogos alemanes lo convirtieron en doctrina con el Consenso de Beutelsbach (1976), tres reglas que todo educador debería tener pegadas en el escritorio: está prohibido abrumar al estudiante con la opinión del docente, lo que es controversial en la sociedad debe presentarse como controversial en el aula, y el estudiante debe salir capaz de analizar su propia posición. Fíjese qué curioso: la circular del MEP, en su sección sobre mediación pedagógica permitida, dice casi lo mismo con lenguaje administrativo.


Neutralidad no es mordaza

Aquí está el malentendido que más daño hace. Algunos leen “neutralidad” y entienden “silencio”: no tocar la corrupción, no analizar la desigualdad, no discutir el modelo económico. Eso sería empobrecer la educación pública hasta volverla inútil.

La propia circular lo aclara: el análisis académico, histórico, cívico o crítico de temas políticos sigue siendo legítimo cuando se hace con fuentes diversas, metodologías equilibradas y respeto a la pluralidad. Un docente puede (y debe) poner sobre la mesa el presupuesto nacional, los regímenes autoritarios, las ideologías del siglo XX. Lo que no puede es usar la pizarra para decirle al estudiante por quién votar o qué concluir.


La diferencia es de método, no de tema. El adoctrinador entrega conclusiones. El educador entrega herramientas. El primero necesita estudiantes que repitan; el segundo, estudiantes que pregunten. Si al final del curso todos los alumnos piensan igual que el profesor, algo falló, aunque el profesor tenga razón.


Por qué la doctrina debe quedarse afuera: lo que dicen los datos

Alguien podría objetar: ¿y si la doctrina es buena? ¿No valdría la pena formar estudiantes convencidos de una causa justa? La historia reciente de nuestro propio vecindario responde con datos duros, y conviene mirarlos sin anestesia.


Los tres países de América clasificados como “No Libres” por Freedom House en su informe 2026 comparten algo: son regímenes que convirtieron una doctrina política en verdad de Estado, con la escuela como uno de sus instrumentos. Cuba obtiene 9 puntos sobre 100, Nicaragua 14 y Venezuela 13, las peores calificaciones del hemisferio. Para dimensionar: Costa Rica, Uruguay y Canadá rondan los 90 puntos o más.


Y detrás de los números hay personas. Prisoners Defenders verificó al cierre de junio de 2026 un total de 1.306 casos de persecución política en Cuba, de los cuales 820 permanecen encarcelados, incluidos menores de edad. En Nicaragua, opositores han sido detenidos arbitrariamente, forzados al exilio y despojados de su ciudadanía; en Venezuela, el deterioro que comenzó en 1999 se aceleró hasta la supresión violenta de la disidencia. En lo económico, Venezuela protagonizó el colapso más profundo registrado en un país sin guerra: su economía se contrajo alrededor de tres cuartas partes entre 2013 y 2021, y millones emigraron. Muchos llegaron aquí, a nuestras aulas. Pregúntele a cualquier docente de zona urbana cuántos apellidos venezolanos y nicaragüenses tiene hoy en sus listas.


Seamos precisos, porque la precisión también es un deber pedagógico: el problema no es una etiqueta ideológica en abstracto, sino el proyecto que se declara dueño de la verdad y usa el aparato estatal, incluida la escuela, para imponerla. En nuestra región, esos proyectos han venido del socialismo autoritario, y los resultados están a la vista: menos libertad, más pobreza, más presos de conciencia. La lección para Costa Rica no es partidaria. Es institucional: el día que un docente costarricense sienta que su trabajo es formar militantes en lugar de ciudadanos, habremos dado el primer paso por un camino cuyo final ya conocemos.


El aula como territorio neutral

Costa Rica decidió hace décadas que la escuela pública es de todos: del hijo del liberacionista y de la hija del socialcristiano, del estudiante evangélico y de la estudiante atea. Esa neutralidad no es tibieza. Es la condición que permite que adentro pase lo verdaderamente radical: que un adolescente aprenda a examinar argumentos, contrastar fuentes y llegar a sus propias conclusiones, aunque contradigan las del profesor, las de sus papás o las del ministro de turno.


La circular DM-CIR-0047-2026 no dice nada nuevo. Recuerda algo viejo que conviene no olvidar, sobre todo en año postelectoral: el docente que renuncia a hacer proselitismo no está renunciando a educar. Está educando en lo más difícil, que es confiar en la cabeza del estudiante más que en la propia.


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