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Lo que vivimos los y las docentes

Hay situaciones que uno escucha sin querer y, de repente, se le hace un nudo en la garganta. Pasa con esas melodías escritas para los y las docentes, las que hablan de marcadores, de cuadernos y de nombres que un profesor todavía recuerda treinta años después. Uno las oye y se acuerda. De las profes que nos enseñó a leer. De la que nos prestó plata para el recreo sin decirle a nadie. Del que nos miró a los ojos un mal día y entendió, sin que dijéramos nada, que algo andaba pasando en la casa.


Este texto es para ellos. Para los que entran al aula con la voz medio ronca y salen igual de ronca pero sonriendo. Para los que ya perdieron la cuenta de cuántas veces explicaron lo mismo. Para los que, contra toda lógica, vuelven cada lunes.


“Profe, ¿qué hay que hacer?”


Empecemos por lo que todo docente conoce de memoria. El profesor termina de explicar la tarea. La explicó despacio, la escribió en la pizarra, la repitió dos veces y hasta puso un ejemplo. Cierra el marcador, respira, y entonces se levanta una mano al fondo del salón: “Profe, ¿qué hay que hacer?”.


No es maldad. Es casi un fenómeno de la naturaleza, como la lluvia en octubre. Y el docente, que ya conoce el libreto, vuelve a explicar. Otra vez. Con la misma paciencia, aunque por dentro esté calculando cuántos cafés (o Tafill) le quedan para sobrevivir la semana.


Después viene la pregunta sagrada, la que detiene el tiempo: “¿Esto sale en el examen?”. Si la respuesta es no, la mitad del salón guarda el cuaderno con una velocidad que ya quisieran los velocistas olímpicos. Si la respuesta es sí, de pronto todos quieren saber cada detalle, el formato, el color del bolígrafo, si se puede en grupo. Es curioso cómo la palabra “examen” enciende (aveces…) un interés que ninguna otra cosa logra encender.


Y ni hablar de las excusas por las tareas. Uno cree haberlas escuchado todas y siempre aparece una nueva. Que el perro se la comió (clásico, atemporal). Que se fue la luz justo cuando iba a imprimir. Que la subió a la plataforma pero “seguro no cargó”. Que la tenía lista, en serio, pero se le quedó en la otra mochila, la que está en la casa de la abuela, en otro cantón. La creatividad que un estudiante invierte en explicar por qué no hizo el trabajo bastaría, bien usada, para resolver el trabajo mismo. Y el profe lo sabe. Y a veces, por dentro, hasta se ríe.


Lo mejor del aula, sin embargo, son las respuestas inesperadas. Esas que un examen pone en la pregunta tres y que el docente lee en voz baja para no soltar la carcajada delante de todos.


Un niño escribe que el agua hierve “cuando se enoja”. Otro, en una prueba de Estudios Sociales, ubica su propio barrio como capital del país. A una pregunta sobre qué haría con un millón, una estudiante responde, con una honestidad que desarma, que primero le pagaría las deudas a su mamá. Ahí uno deja de reírse. Ahí uno entiende que detrás de cada respuesta hay una vida entera y un contexto que desconocemos.


Adicionalmente, y de vez en cuando llega la pregunta que nos deja sin palabras. Un chico de primer grado, mirando fijo, suelta: “Profe, ¿usted nació siendo profesor?”. Como si uno hubiera salido del hospital con maletín, lentes y plan de lección bajo el brazo. Uno se ríe, claro. Pero después se queda pensando. Porque para ese niño, su maestro siempre fue maestro, siempre estuvo ahí, como si fuera parte del paisaje del mundo. No imagina que ese adulto también fue chiquillo, que también temió a un examen, que también tuvo una profe que le cambió la vida.


Los regalos que no se cotizan


Si algo sobra en la docencia son los regalos improvisados. La manzana medio mordida que un niño te ofrece con toda el alma. El dibujo donde apareces con una cabeza enorme y tres pelos parados, o una buena nariz, que igual pegas en la refri y guardas por años. La carta llena de faltas de ortografía que dice “graciaz por enceñarme” y que vale más que cualquier diploma.


A veces el regalo no es un objeto. Es el “buenos días, profe” del estudiante más callado, ese que casi nunca habla. Es el abrazo de salida del que costó todo el año. Es el exalumno que aparece diez años después, ya grande, para contarte que terminó la carrera y que vos tuviste algo que ver. Esos regalos no se cobran ni se cotizan, pero pesan en el corazón mucho más que en la billetera.


Lo que pasa cuando se cierra la puerta del aula


Hasta aquí, las risas. Pero conviene decir lo otro, lo que casi nunca cabe en una canción de tres minutos.


Un docente enseña matemática, sí, o idiomas, o ciencias. Esa es la parte que se ve. Lo que no se ve es todo lo demás. Es la persona que media cuando dos chiquillos se agarran a golpes en el recreo y hay que descubrir qué dolor se esconde detrás de ese puño. Es quien nota que una estudiante dejó de comer, o de reír, y arma con disimulo una red para que no se caiga. Es el que se queda después del timbre escuchando a un muchacho que no tiene a nadie más que lo escuche.


Los maestros terminan siendo consejeros sin haber estudiado consejería. Mediadores sin toga. Motivadores en los días en que ellos mismos andan desinflados. Le ponen nombre a los talentos que un chiquillo todavía no sabe que tiene. “Vos servís para esto”, dicen, y a veces esa sola frase decide un futuro entero.


Y conviene recordarlo: detrás de cada travesura hay un niño aprendiendo a ser persona. El que tira papelitos quizás solo busca que alguien lo voltee a ver. La que responde mal a lo mejor está repitiendo lo único que le enseñaron en casa. El docente que entiende esto no ve un problema de disciplina. Ve a alguien en construcción, todavía sin terminar, y decide no rendirse con él.


Lo curioso es que del otro lado también hay una persona. Detrás del maestro hay alguien que madruga, que corrige pruebas a las once de la noche con la tele de fondo, que compra los marcadores con su propia plata cuando se acaban en la escuela. Alguien con sus propias cuentas, sus propios cansancios, sus propios miedos. Y aun así reparte paciencia como si tuviera de sobra. No la tiene. La saca de donde puede, porque cree, contra toda evidencia de un mal día, que vale la pena.


Una palabra que no decimos suficiente


Hay oficios que el mundo aplaude fuerte y otros que sostienen al mundo en silencio. Enseñar es de los segundos. Nadie le hace una valla publicitaria al profe de tercer grado. Nadie lo entrevista en la tele cuando uno de sus estudiantes, años después, se convierte en médico, en mecánico, en madre, en alguien que sabe sumar y también sabe ser decente.


Por eso este texto, que arrancó con una canción, termina con una palabra simple: gracias. Gracias a los que enseñan a leer y, de paso, enseñan a no rendirse. A los que aguantan la pregunta repetida sin perder la ternura. A los que ven al niño detrás de la travesura y a la persona detrás del cuaderno mal hecho.


Si usted tuvo un buen maestro, ya sabe lo que tiene que hacer. Búsquelo. Escríbale. Dígale, antes de que sea tarde, que esa semilla que sembró sí creció. Capaz no lo sepa. Capaz lleva años creyendo que aquel curso difícil no dejó nada. Y resulta que dejó todo.


Que suene, entonces, la canción. Una para cada profe que alguna vez nos miró y decidió creer en nosotros. Se la merecen. Y de paso, se la debemos.



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