Lo que vivimos los y las docentes
- Josué Sánchez Marín, MEdMR

- Jun 14
- 6 min read
Hay personas que uno no olvida, aunque pasen los años. Y, curiosamente, muchas de ellas estuvieron de pie frente a una pizarra. Basta cerrar los ojos para volver a verlas: la maestra que nos enseñó a leer, la que nos prestó plata para el recreo sin decirle a nadie, el profesor que un mal día nos miró a los ojos y entendió, sin que dijéramos una sola palabra, que algo andaba pasando en la casa.
Por eso vale la pena detenerse un momento en ellos. En los que entran al aula con la voz medio ronca y salen igual de ronca, pero sonriendo. En los que ya perdieron la cuenta de cuántas veces explicaron lo mismo. En los que, contra toda lógica, vuelven cada lunes.
“Profe, ¿qué hay que hacer?”
Para empezar, conviene hablar de lo que todo docente conoce de memoria. El profesor termina de explicar la tarea. La explicó despacio, la escribió en la pizarra, la repitió dos veces y hasta puso uno, dos, tres o cuatro ejemplos. Entonces cierra el marcador, respira, y justo en ese momento se levanta una mano al fondo del salón: “Profe, ¿qué hay que hacer?”.
No es maldad, por supuesto. Es casi un fenómeno de la naturaleza, como la lluvia en Atacama. Y el docente, que ya conoce el libreto, su planificación, vuelve a explicar. Otra vez. Con la misma paciencia, aunque por dentro esté calculando cuántos cafés (o Tafill) le quedan para sobrevivir la semana.
Después, como era de esperar, viene la pregunta sagrada, la que detiene el tiempo: “¿Esto va para el examen ?”. Si la respuesta es no, la mitad del salón guarda el cuaderno con una velocidad que ya quisieran los velocistas olímpicos. En cambio, si la respuesta es sí, de pronto todos (o algunos?) quieren saber cada detalle: el formato, el color del bolígrafo, si se puede en grupo. Es curioso cómo la palabra “examen” inicia un interés que ninguna otra cosa logra encender.
Y ni hablar de las excusas por las tareas. Uno cree haberlas escuchado todas y, sin embargo, siempre aparece una nueva. Que el perro se la comió, claro está, clásico, nunca pasa de moda y atemporal. Que se fue la luz justo cuando iba a imprimir. Que la subió a la plataforma, pero “seguro no cargó”. Que la tenía lista, en serio, aunque se le quedó en la otra mochila, la que está en la casa de la abuela, en otro cantón, las abuelitas que se mueren 3 veces en un año, el carro que choca una vez por semana. De hecho, la creatividad que un estudiante invierte en explicar por qué no hizo el trabajo bastaría, bien usada, para resolver el trabajo mismo. Y el profe lo sabe. Por eso, a veces, por dentro hasta se ríe.
Respuestas que nadie vio venir
Ahora bien, lo mejor del aula son las respuestas inesperadas, las “bateadas”, las “sacadas del estadio”, “los homeruns” . Esas que un examen pone en la pregunta tres y que el docente lee en voz baja para no soltar la carcajada delante de todos.
Por ejemplo, un niño escribe que el agua hierve “cuando se enoja”. Otro, en una prueba de geografía, ubica su propio barrio como capital del país. Y a una pregunta sobre qué haría con un millón, una estudiante responde, con una honestidad que desarma, que primero le pagaría las deudas a su mamá para que deje de llorar, o de tomar licor. Ahí uno deja de reírse. Ahí, más bien, uno entiende que detrás de cada respuesta hay una vida entera, un contexto total que se desconoce.
Por otro lado, de vez en cuando llega la pregunta que lo deja a uno sin palabras y con un nudo en la garganta. Un chiquillo de primer grado, mirándolo fijo, suelta: “Profe, ¿usted qué quiere ser cuando sea grande?”. Y uno pensando en las cuentas y las obligaciones de adulto que ya tenemos. Pero después se queda pensando, porque, para ese niño, su docente es un ser especial, no es solo un profesional de la educación, es un modelo a seguir, un héroe o heroína que está un escalón arriba de los demás, por eso para los estudiantes somos los docentes aún cuando estamos fuera del aula, sin embargo, aún con todo eso, nos ven como iguales en muchas maneras.
Los regalos que no se cotizan
Por otro lado, si algo sobra en la docencia son los regalos improvisados. La galleta medio mordida que un niño le ofrece con toda el alma. El dibujo donde uno aparece con una cabeza y una nariz enorme más tres pelos parados, que igual termina pegado en la refri y guardado por años. La carta llena de faltas de ortografía que dice “graciaz por enceñarme” y que vale más que cualquier diploma.
A veces, sin embargo, el regalo no es un objeto. Es el “buenos días, profe” del estudiante más callado, ese que casi nunca habla. Es el abrazo de salida del que costó todo el año o del abrazo fortuito en el recreo diciendo que “profe, ojalá, usted fuera mi papá”. Es, también, el exalumno que aparece diez años después, ya grande, para contarle que terminó la carrera y que usted tuvo algo que ver. Por eso esos regalos no se cobran ni se cotizan, pero pesan en el corazón mucho más que en la billetera.
Lo que pasa cuando se cierra la puerta del aula
Hasta aquí, las risas. Conviene, no obstante, decir lo otro, lo que casi nunca se ve desde afuera.
Un docente enseña matemática, sí, o lengua, o ciencias. Esa es la parte visible. Lo que no se nota, en cambio, es todo lo demás. Es la persona que media cuando dos chiquillos se agarran a golpes en el recreo y hay que descubrir qué dolor se esconde detrás de ese puño. Es quien advierte que una estudiante dejó de comer, o de reír, y arma con disimulo una red para que no se caiga. Es, además, el que se queda después del timbre escuchando a un muchacho que no tiene a nadie más que lo escuche.
Así, los maestros terminan siendo consejeros sin haber estudiado consejería. Mediadores sin toga. Motivadores en los días en que ellos mismos andan desinflados. Le ponen nombre a los talentos que un chiquillo todavía no sabe que tiene. “Usted sirve para esto”, dicen, y a veces esa sola frase decide un futuro entero.
Por eso conviene recordarlo: detrás de cada travesura hay un niño aprendiendo a ser persona. El que tira papelitos quizás solo busca que alguien lo voltee a ver. La que responde mal, a lo mejor, está repitiendo lo único que le enseñaron en casa. En consecuencia, el docente que entiende esto no ve un problema de disciplina, sino a alguien en construcción, todavía sin terminar, y decide no rendirse con él.
Lo curioso es que, del otro lado, también hay una persona. Detrás del maestro hay alguien que madruga, que corrige pruebas a las once de la noche con la tele de fondo, que compra los marcadores con su propia plata cuando se acaban en la escuela. Alguien con sus propias cuentas, sus propios cansancios, sus propios miedos. Y, aun así, reparte paciencia como si tuviera de sobra. No la tiene. La saca de donde puede, porque cree, contra toda evidencia de un mal día, que vale la pena.
Una palabra que no decimos suficiente
Hay oficios que el mundo aplaude fuerte y otros que lo sostienen en silencio. Enseñar, sin duda, es de los segundos. Porque nadie le hace una valla publicitaria al profe de tercer grado. Nadie lo entrevista en la tele cuando uno de sus estudiantes, años después, se convierte en médico, en mecánico, en madre, en alguien que sabe sumar y también sabe ser decente.
Por eso este texto termina con una palabra simple: gracias. Gracias a los que enseñan a leer y, de paso, enseñan a no rendirse. A los que aguantan la pregunta repetida sin perder la ternura. A los que ven al niño detrás de la travesura y a la persona detrás del cuaderno mal hecho.
Así que, si usted tuvo un buen maestro, ya sabe lo que tiene que hacer. Búsquelo. Escríbale. Dígale, antes de que sea tarde, que esa semilla que sembró sí creció. Capaz no lo sepa. Capaz lleva años creyendo que aquel curso difícil no dejó nada. Y, sin embargo, resulta que dejó todo.
Vale la pena, entonces, hacer ese gesto. Uno por cada profe que alguna vez nos miró y decidió creer en nosotros. Se lo merecen. Y, de paso, se lo debemos.




Comments